Os voy a contar un cuento

Os voy a contar un cuento

Hace muchos años, en las afueras de un pequeño pueblo de Siberia, vivía un hombre de edad avanzada en una pequeña casa. Disponía de un terreno en el que cultivaba cereales, frutas y hortalizas con la ayuda de un viejo caballo que había comprado años atrás. Con lo que recolectaba podía alimentarse todo el año. Un día el caballo se escapó y el pueblo entero decía: pobre hombre, ¿ahora quién cultivará sus campos? ¿qué comerá? Y el hombre respondía: buena suerte o mala suerte…ya se verá.

 

Pasados cuatro días el viejo caballo regresó con cinco jóvenes y preciosos caballos. Ahora tenía demasiados caballos y nadie para ayudarle. El pueblo entero decía: pobre hombre qué mala suerte, ahora tendrá que sacrificar a su viejo caballo, ya tiene demasiados. Y el abuelo respondía: buena suerte o mala suerte…ya se verá.

 

Nuestro protagonista había sido muy feliz en su juventud, se había casado con la mujer que amó desde niño y habían tenido tres hijos. Cuando fueron mayores marcharon a la ciudad. Se casaron todos menos el más joven que todavía estaba estudiando. Cinco años atrás se quedó solo. Su mujer murió después enfermedad de la que no se recuperó y fue cuando decidió comprar la pequeña granja y un caballo casi tan mayor como él. No necesitaba nada más. Estaría todo el día ocupado. Dedicaría su tiempo y lo que le quedara de vida a trabajar y a cuidar del campo y de su caballo.

 

Unos días después de la llegada de los caballos apareció por la puerta el pequeño de sus hijos con una maleta. Le dijo que había acabado sus estudios y que iba a quedarse para ayudarle. En poco tiempo además de poder tener suficiente comida para ellos pudieron empezar a vender sus productos en el pueblo. Todos sus vecinos se alegraron por la suerte del viejecito, pero él seguía diciendo: buena suerte o mala suerte…ya se verá.

 

Había llegado el verano y en un caluroso y soleado día el joven se cayó de uno de sus caballos, con la mala fortuna que se golpeó la pierna y el brazo con una gran piedra. Tuvieron que enyesarle y el médico le ordenó como mínimo un reposo de 2 meses. ¡Qué pena! Ahora que les iba tan bien. Pobre hombre, ¿ahora quién cultivará sus campos? ¿quién le ayudará con los caballos? – decían sus vecinos en el pueblo. Buena suerte o mala suerte…ya se verá. Les recordaba siempre el viejecito.

 

No pasaron ni tres días que estalló una guerra civil en Rusia. Los nacionalistas que gobernaban la ciudad fueron al pueblo y reclutaron a todos los hombres y jóvenes a partir de 16 años disponibles. A nuestro viejecito no por ser mayor, y a su hijo tampoco por estar enyesado. Pasados 2 meses terminó la guerra. Fue corta, pero igual que en todas las guerras dejó muchos muertos en el pueblo.

 

El joven se recuperó y le quitaron el yeso. Podría volver a andar y ayudar otra vez a su anciano padre. Aprendió la lección que toda la vida le llevaba enseñando. Ante cualquier circunstancia de la vida no debía sacar conclusiones precipitadas. No ser demasiado derrotista por un fracaso ni estar demasiado eufórico ante los éxitos.

 

Este es uno de mis cuentos favoritos. Lo recuerdo y vuelvo a leerlo cuando lo necesito.

 

Y aunque la vida nos lleva por donde quiere, podemos afrontar los problemas como una manera de crecer y de ser mejores. En Cartas Restaurantes así lo hacemos. Estamos orgullosos de poder ofrecer más productos, más servicios y con la misma energía e ilusión de siempre.

 

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